Sobre la búsqueda del propósito

Me he pasado gran parte de mi vida preguntándome: ¿Quién soy? Y gran parte de mi infancia fantaseando con quien podría ser. Una pregunta que llevaba otra de la mano: ¿Qué hago aquí? La búsqueda de sentido y propósito han marcado gran parte del viaje de mi vida pero encierran un peligro oculto.

Y es que en esta búsqueda hay una trampa, una de esas que son como una telaraña, prácticamente imperceptible, pero sumamente pegajosa. La palabra propósito viene del latín propositum, de poner hacia adelante, con un aroma a algo alcanzar, a meta. Algo que debemos  visualizar delante nuestro, pero que en muchos casos, como en el mío, no hay mucho o nada que visualizar.

A los millennials se nos ha acusado, entre otras cosas, de ser la generación más preparada y de construir castillos en el aire,  y probablemente ambas afirmaciones, y otras tantas, tengan algo de verdad. Pero, ¿dónde nace la idea de que tenemos un propósito a alcanzar? No sé a ciencia cierta en qué momento de nuestras vidas se nos inoculó una semilla programada para que buscáramos el sentido de nuestra existencia, con el único objetivo de alcanzar la felicidad.

Con esta idea bajo el brazo muchas personas de mi generación empezamos a dar palos de ciego y a recibir sus consecuentes ostias. Algo de esperar cuando vas caminando sin saber hacia dónde siguiendo unas directrices poco claras que marcan otr@s. Frustración tras frustración, fuimos construyendo proyectos, creando relaciones, buscando respuestas que nos acercaran cada vez más a ese propósito, sin cuestionarnos tan siquiera de dónde salía esa idea.

¿El engaño? Creernos la idea de que el propósito es algo concreto, algo que tenemos delante de nuestras narices aunque no seamos capaces de verlo. Una obligación a alcanzar para poder ser felices en un mundo que nos descontenta. Volvemos a tropezar con la misma piedra, siguiendo ideales impuestos por otr@s, queriendo cambiar aquello que no encaja con estos ideales, y seguimos enganchados a esa frustración que no somos capaces de gestionar.

¿Y si el propósito fuera otra cosa? ¿y si no estuviera delante?

Cuando hablamos de propósito también hablamos de maestría, sobre todo si lo vinculamos a la vida profesional. Alcanzar un propósito está ligado a la excelencia en aquello que somos, y para alcanzar la excelencia, hay que picar piedra, esforzarnos para poder presentarnos al mundo orgullosos de nuestro propósito.

Aquí aparece otra idea, la del esfuerzo, esta es tan vieja como la humanidad. Nadie regala nada, quien quiera peces que se moje el culo, quien algo quiere, algo le cuesta. Pero a esta ya le tengo pillado el pulso. ¿Alguna vez has aprendido algo por puro placer? Quizás el ejemplo más evidente pueda ser un hobby. Tiempo y recursos dedicados a aprender y perfeccionar una habilidad por puro placer, sin más sentido que el disfrute, quizás con la idea de conseguir algo en un futuro, pero ese castillo pronto caerá si no hay gozo en lo que se hace. Hay quien colecciona y clasifica mineales, quien crea maquetas, quien escribe, cocina, hace fotos, practica deporte, por puro placer. Tod@s ell@s ahondando en una tarea concreta, profundizando en un campo de conocimiento y experiencia específico. ¿Para qué? ¿Para nada? Para disfrutar, que no es poco y lo tenemos muy dejado.

¿Cómo es posible que pueda dedicarle tanto tiempo y recursos a una tarea por puro placer y no me canse de ella?  ¿Qué tiene que ver eso con el propósito?

Aparentemente nada, si pensamos en el propósito como una meta a alcanzar, pero ¿y si le damos la vuelta? ¿Y si el propósito no escapa a nuestro alcance como zanahoria atada a un palo, sino que empuja nuestras acciones como un trampolín? ¿Y si el propósito es el motor de todo esas acciones? ¿Y si el propósito está más cerca del deseo que no de la meta?

¿Y si dejamos de buscar delante, donde no vemos nada, y empezamos a buscar dentro? ¿Quizás nos da miedo la oscuridad?