Reflexiones sobre el sinsentido del trabajo

Se busca persona creativa que quiera cambiar el mundo. Horario exigente, salario precario, entorno desolador.

Me he pasado los últimos años reflexionando sobre el sentido del trabajo y estoy llegando a la conclusión de que el trabajo no tiene ningún sentido. Veneramos tener un trabajo, ser alguien, ganarnos el pan, pero si miramos con espíritu crítico nuestros trabajos, la mayoría son meros entretenimientos. El tiempo libre da qué pensar, nos permite reflexionar y cuestionar (y cuestionarnos), aburrirse está mal visto porque en un momento de aburrimiento puedes tener una idea revolucionaria. Parece como si el trabajo estuviera ahí para evitar exactamente eso, pensar. Puede que en su inicio cumpliera su función productiva, que fuera la palanca para el desarrollo industrial, pero está claro que es un sistema caduco y que ha perdido ese sentido. Producimos por producir.

Cualquier persona con espíritu crítico sabría reconocer la banalidad de algunas de las tareas que realizamos, incluso de algunos de los trabajos que llevamos a cabo. No estoy diciendo que no haya trabajos importantes, seguro que los hay, pero muchos otros no. Y si me paro a pensar, aquellos más importantes son los que resultan menos productivos…un doctor/a, enfermero/a, barrendero/a, un cuidador/a, un educador/a cumplen una función social, para mí son profesiones importantes. Un analista de datos no, un CEO tampoco, un Deputy Manager menos aún. El agricultor puede creer que su trabajo es importante porque abastece de alimento a muchas personas, pero en realidad solo forma parte de un sistema productivo sometido a la tiranía de un distribuidor. Esta presión hace que exprima la tierra para sacarle el máximo beneficio sin poder ver más allá. Cuando la tierra no pueda dar más fruto, recurriremos a la química para mantener el sistema.

El trabajo forma parte de la sociedad de consumo, es un medio por el cual puedo adquirir cada vez más y mejores bienes y tener más y mejores oportunidades de ocio, pero seamos francos, los sueldos cada vez dan para menos, los que hemos vivido en grandes urbes hemos sentido la asfixia de un alquiler o de una hipoteca con el Euribor por las nubes. El capitalismo abogaba por el esfuerzo para llegar al bienestar, pero está claro que se trataba de una zanahoria colgando de un palo atada a nuestro cogote.

Actualmente tenemos una visión del trabajo que se corresponde con el trabajo de hace medio siglo. Queremos entornos competitivos e innovadores pero nuestras ideas siguen llenas de prejuicios del pasado. En prensa se publican noticias sobre las competencias personales más demandas y sorprende ver como la Creatividad encabeza la lista. ¿Realmente las empresas quieren gente creativa? La mayoría de las empresas quieren gente obediente y eficiente. Ese es el perfil competencial del sistema productivo. La creatividad necesita de espacio lúdico y los trabajos de 40 horas con sueldos justos para cubrir gastos no son especialmente motivadores de la creatividad.

La solución no vendrá de un gobierno con afán de cambio, de hecho no veo solución ninguna a corto plazo, a no ser que ocurra una desgracia. Parece que la única manera de mover ficha es en situaciones de crisis. El conjunto de políticas que se llevan a cabo desde las empresas y organismos públicos siguen centradas en los beneficios, no en las personas por mucha propaganda que lancen a través de las redes. Hay un miedo inherente al cambio porque el cambio acaba con lo conocido y ataca a nuestro instinto de supervivencia. El trabajo no dignifica, tener un trabajo no es lo mejor que te ha pasado, las cosas no siempre se consiguen con esfuerzo. Estas y otras tantas mentiras han moldeado nuestra sociedad desde hace décadas, por no decir siglos. En pleno 2020 seguimos concibiendo el trabajo como en el siglo XIX, pero buscamos personas creativas que quieran cambiar el mundo.