Responsabili..qué?

Responsabilidad parece ser una palabra maldita, a evitar, una paria del diccionario. Quizás nos han hecho ser “responsables” de maneras en las que no queríamos, quizás se ha abogado por la responsabilidad del otro demasiadas veces, en vez de hacerlo por la propia. ¿Qué hay detrás de esa evasión de responsabilidad?

Últimamente me he encontrado en situaciones dónde la palabra responsabilidad debería aparecer, digo debería porque el contexto, el diálogo apuntaban ahí. Pero sorprendentemente, la conversación seguía sin rastro de su mención. Era como intentar alcanzar una nube, sabiendo que está ahí porque la estas viendo pero difícil de tocar.

La etimología de la palabra responsabilidad contiene 2 sufijos (-bilis y -idad) y un prefijo (res-) unidos a la raíz de la palabra latina “spondere” que significa prometer o comprometerse a algo, pero también habla de “responsum” del verbo “respondere”, dar respuesta. Así que podríamos decir que  responsabilidad es dar respuesta a un compromiso adquirido.

Compromiso y responsabilidad, dos palabras que tocan hueso en nuestra psique  y en nuestro cuerpo. Nos evocan permanencia, rigidez, en una era en la que sabemos que todo es cambiante, nos evocan obligaciones de un pasado en el que aquellos que “nos obligaban” por nuestro bien, han visto en el presente sus teorías caer.

¿Quizás hemos abusado de la responsabilidad y del compromiso? ¿Quizás hemos pedido compromiso y responsabilidad a la otra persona mientras hacíamos lo contrario? ¿Quizás hemos pedido responsabilidad y compromisos en causas ajenas al otro? ¿Por qué debería yo comprometerme a algo que no siento mío? ¿He aceptado acuerdos implícitos coaccionado por miedo, deudas, o otros elementos externos?

Yendo aún más profundo, debajo de la responsabilidad aparece el miedo. Miedo a equivocarme,  a no hacer lo correcto, a ser reprendido. Miedos muy primarios pero que permanecen en el cuerpo como cicatrices de tiempos lejanos. Recuerdos de aprendizajes de infancia. Miedos que agradecen ser revisados en un momento en el que nos damos cuenta de que todo es imprevisible. ¿Cómo no equivocarse cuando todo es nuevo? ¿Cómo aprender de lo nuevo sin equivocarse?

Quizás va siendo hora de poner las cartas sobre la mesa, de decidir con qué me quiero comprometer y a la vez darme permiso para equivocarme tantas veces como sea necesario, porque ahora que soy responsable de mis actos, puedo corregir mis errores y aprender de ellos.