Mientras tanto: ¿Dónde estás tú?

Más dinámic@, más ágil, más horizontal, más cooperativ@, más ambicios@, más alt@, más delgad@, más list@, más solidari@, más buen@. Menos tú.

Durante los últimos días he tenido una revelación mística, una vivencia en la que me he dado cuenta de algo que me ha estado perturbando durante muchos años, quizás desde mi propio nacimiento. No, no ha sido rezando, ni meditando, ni dada por el estilo, ha sido tumbado en el sofá mirando el cielo por la ventana, dándome un respiro entre estas semanas que están siendo muy entretenidas para todos.

¿De qué se trata?

Usaré Linkedin como ejemplo. En mi feed de Linkedin aparecen con frecuencia posts y comentarios con mensajes del tipo: “Sé más ágil”. “Ten más éxito”. “No caigas en las trampas como otros”. Obviamente, acompañados de la solución del momento. Sí, yo también lo he hecho, lo reconozco. También me queda muy cercano el mundo terapéutico, ellos ya no usan tanto Linkedin, pero si Instagram, Facebook y newsletters propias. Bombardeos constantes de cómo tienes que ser. Empezaba a oler mal, me preguntaba qué estaba pasando. ¿Cómo es posible que nos pasemos la vida diciéndoles a los otros cómo tienen que ser? Y, en el campo que me toca, que eso que tienen que ser vaya cambiando cada cierto tiempo, como cambian los colores de moda de una temporada a otra.

Pues bien, en este descanso místico rascándome la barriga en el sofá y mirando por la ventana, el foco cambió. ¿Cómo que los otros me dicen lo que tengo que hacer? ¿Dónde estoy yo ahí? Y apareció la revelación.

¿Dónde estoy yo ahí?

Es cierto que llevo mucho tiempo dándole vueltas a la necesidad constante de reconocimiento y como éste mueve prácticamente todas nuestras acciones. Así que no penséis que esto es obra divina, ni generación espontánea…

¿Dónde estoy yo ahí?

Traed a vuestra mente a una persona a la que veneréis, un/a maestro/a, una madre, un padre, un/a amigo/a sabio un personaje ficticio. Alguien a quién sabéis que sus palabras son pura expresión de verdad, hasta el punto que en algún momento de nuestra historia, dejamos de cuestionarl@.

¿Dónde estoy yo ahí?

No se trata de quien sabe, se trata de que, para que yo te pueda venerar, me tengo que colocar por debajo de ti, me tengo que hacer pequeño y así merecedor de ti. Para que pueda seguirte como maestro, necesito ser alumno, es decir no saber.

Y no son sólo personas, también son ideas. Desde nuestra infancia escuchamos cosas como: “Tienes que portarte bien, tienes que estudiar más, tienes que hacer más deporte”. Ideas que luego trasladamos a nuestra vida adulta en forma de autoexigencia: “Para poder ascender tengo que hacer un MBA, tengo que aprender idiomas, para poder merecer más sueldo, tengo que ganar más experiencia.” ¿La verdad? Nunca es suficiente.

El fumador siempre piensa que a él, el tabaco no le afecta (lo digo como exfumador). La persona maltratada siempre va a justificar en algún momento a la persona que maltrata. Mecanismos de disonancia cognitiva, pero al margen de las ideas, podemos decir que nos creemos nuestras propias mentiras.

Y nosotros, somos nuestros peores maltratadores, nos bombardeamos constantemente con ideas de cómo debemos ser. Seguro que ahora ya piensas en qué solución te voy a dar. Ves olvidándote de recetas, es más sencillo. Olvídate de todo lo que has leído y haz lo que te apetezca, lo que realmente sientas, desde que pones los pies fuera de la cama hasta que te acuestas.

Pero, entonces…eso es vanidad, eso es ser insolidario…así no se puede vivir.

Eso es ser responsable, tomar conciencia de nuestras acciones, madurar. La vanidad, la solidaridad sólo nos dicen cómo tenemos que ser. Ideas, y como tal nos alejan de lo que realmente somos. ¿Pienso, luego existo? o ¿Siento, luego hago? Descartes era filósofo, no tenía la verdad absoluta, solo planteó una idea y se la compramos, como compramos constantemente infinidad de soluciones a problemas que no existen.

Y si ves que lo que digo no te llega, si llegados a este punto no te sientes convencido,  tienes que saber que no era mi intención. Sólo te propongo reconocerte a ti mismo. Cuando dejes de torturarte, dejarás de hacerlo con los demás. Pero ya te he dicho, sólo es una idea, no la compres.

PD: Tengo la suerte de compartir mi vida con alguien que me permite conocerme cada día un poco mejor y también forma parte de esta historia. Gracias.

Jugar con los ojos vendados

Hemos intentado de muchas maneras describir y comprender los procesos que se dan en la organización cuando aún no nos comprendemos a nosotros mismos. En teoría de sistemas se dice que un sistema formado por sistemas complejos es, por extensión, complejo. La organización es un sistema formado por sistemas complejos, las personas, intentar definirlo como si fueran simples piezas de maquinaria tiene un límite.

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Foto de Johnny Gutierrez obtenida de Pixabay

Taylor tenía razón, sus teorías sobre la segmentación de las tareas mejoran la productividad, pero todo tiene un límite. Taylor observaba la organización como un conjunto de procesos que estandarizar, compartimentar y mejorar, pero la organización va mucho más allá. Taylor tocó el límite de la dimensión humana y ahí surgió el primer aviso, la alienación. El problema es que sus ideas siguen siendo válidas. Nunca dejaron de serlo. Sólo que se desvela una nueva capa dentro de esta complejidad que cambia las reglas del juego.

Y poco a poco vamos descubriendo como la organización es un sistema de muchas dimensiones y que cada uno de ellas es, a su vez, compleja por sí misma, y que a la vez, se interrelacionan unas a otras. Y dentro de esta multidimensionalidad seguimos decididos a describirlo, a compartimentarlo, a segmentarlo para seguir mejorando su productividad. Seguimos fieles a la idea de Taylor, sólo que le hemos cambiado el foco, el nombre, hemos hecho matices, la hemos maquillado, pero la idea subyace invariante. ¿Cómo ser más productivos?

Otra de esas ideas en las que nos movemos es la de que existe una única dimensión de crecimiento. La organización está para crecer en su cuenta de resultados. Y se acabó. No hay discusión. Este es el fin último de la empresa. Desde el autónomo hasta el grupo empresarial, todo movimiento que se realiza es en pos de este único fin, mejorar su beneficio económico periodo a periodo. Siempre más, siempre mejor. En este sentido podríamos decir que somos seres unidimensionales, como hormigas que se desplazan en un fino hilo, sólo pueden ir hacia adelante, ni tan siquiera pueden darse la vuelta, porque si lo hacen corren el riesgo de caer al vacío, a lo desconocido. La realidad es muy distinta, crecer en una dimensión puede significar decrecer en otras, por ejemplo, si sostenemos un cuadrado de una tela elástica y lo estiramos en una dirección, su sección transversal se reducirá. Si crecemos en la dimensión económica, ¿a costa de qué lo hacemos?

La organización es un sistema complejo, multidimensional dentro de otros sistemas complejos multidimensionales con los que está en íntima relación, pero no es un sistema infinito, tiene límites al igual que los sistemas a los que pertenece. A veces no comprendemos estos límites, no comprendemos que una organización está dentro de un entorno natural, social, político y que se afectan mutuamente.

Así que tenemos un conjunto de elementos finitos donde cada uno forma un sistema por sí mismo, dentro de otros sistemas o en relación con ellos, y cuyas reglas se estructuran en diferentes dimensiones y ¿aún crees que existe una receta que te va a decir cómo hacerlo mejor? ¿Aún crees que siempre van a salir las cosas como tú quieres?

Es como jugar al Jenga, la próxima pieza que toques puede hacer caer la torre, solo que estás jugando con los ojos vendados y con un revólver apuntado en tu nuca.

Ingeniería del estrés

Seguro que has escuchado alguna que otra vez la palabra resiliencia, es más, seguro que has escuchado a bastante gente decir lo resiliente que es y lo bueno que es ser resiliente (quien dice escuchar, dice leer en el feed de Linkedin). Pero seguro que no sabes que todo el mundo es resiliente hasta que se le hinchan las narices.

En el diccionario online de la RAE hay dos acepciones para resiliencia:

  1. f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.
  2. f. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

Dos acepciones que no están tan alejadas la una de la otra, por no decir que 2 explica a 1.

Ésta es la típica gráfica que describe el comportamiento de un material frente a una tensión externa. En el eje vertical tenemos la tensión aplicada y en el eje horizontal su elongación. Así, la gráfica nos describe como se estira un material cuando se le aplica una fuerza externa.

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Imagen obtenida de Wikipedia.

La zona marcada de verde se le llama zona de deformación elástica y nos habla de la resiliencia del material, es decir de la tensión que es capaz de soportar el material sin deformarse. La zona amarilla, se llama zona de deformación plástica, es decir, una vez superado el límite elástico del material, si seguimos tensionándolo se deformará, pero ya no volverá a su posición natural. Es lo mismo que sucede con un globo cuando lo llenamos de aire, al desinflarlo, ya no tiene la misma forma que al inicio. Y como todo en esta vida tiene un límite, la zona de deformación plástica acaba con lo que se conoce como límite de ruptura, literalmente el punto en el que nos cargamos el material.

La resiliencia tiene que ver con la zona verde. Sería el área del triángulo formado por la línea oblicua y el eje horizontal. Cuanto mayor es el área, mayor es la resiliencia del material, es decir, más energía es capaz de soportar sin deformarse.

Hasta aquí el rollo ingenieril, ahora veamos cómo se relaciona con el estrés:

De hecho, la palabra estrés viene del inglés stress que quiere decir tensión. Así que cuando decimos que una persona está estresada, es que está sufriendo algún tipo de tensión, por lo general externa.

Si antes comentábamos que la resiliencia era la capacidad de un material de sostener una tensión sin deformarse, aplicado a una persona podemos utilizar el mismo símil: la capacidad de tensión o estrés que es capaz de tolerar una persona sin que se produzca un “cambio” en su manera de ser.

Biológicamente se habla de dos tipos de estrés, lo que se conoce como eustress (o estrés del bueno) y lo que se conoce como distress (o estrés del malo), sí, como el colesterol. El eustress o estrés bueno sería aquel que nos sitúa en nuestra zona verde, el que una vez desaparece permite  que volvamos a nuestro estado “natural”. Sería el que nos ayuda a adaptarnos a medios hostiles, el ejemplo más claro sería el de ser atacados por una bestia en plena naturaleza, cosa que ahora raramente ocurre para la mayoría de mortales. Por el contrario, el distress se produciría en la zona amarilla y cuando aparece, ya nunca volveremos a ser los mismos. Además, una vez superado cierto límite de distress, cualquier tipo de tensión externa por leve que sea puede provocar cambios en nosotros. Es lo que en el mundo laboral se conoce como burnout y el final sería el límite de ruptura.

El problema es que una persona no es un material y su comportamiento es mucho más complejo, y por otro, que es imposible conocer la resistencia de una persona, animal o cosa, sin ponerlo a prueba, y una vez superado el límite elástico, se acabó la resiliencia, nunca volverás a ser la  misma persona. Además, el estrés no solo tiene que ver con la cantidad de tensión que una persona es capaz de soportar sino que tenemos que añadir el factor tiempo. Pequeñas cantidades de tensión durante largos periodos también puede provocar deformaciones, se asemejaría al concepto de deformación por fluencia lenta que se produce en los materiales viscoelásticos.

¿Quieres saber si te has pasado ya de la zona elástica?

La respuesta es sí, pero no te preocupes, la mayoría de personas al pasar su zona elástica generan aprendizajes que los “modifican” y por lo tanto se “vuelven” más resilientes, es decir, el ser humano es capaz de aprender a ser resiliente…hasta cierto punto. Eso sí, nunca volveremos a ser las mismas personas que antes.

¿Dónde está el límite?

Aquí tienes un listado de los síntomas producidos por distres que nos darán pistas de que ya estamos en zona de deformación plástica:

  • Ansiedad
  • Falta de energía o apatía.
  • Tristeza, abatimiento, irritabilidad, ira o agresividad.
  • Falta de memoria, dificultad de atención o concentración.
  • Alteración del deseo sexual.
  • Dolores de cabeza.
  • Náuseas, vómitos, problemas digestivos, intolerancias alimenticias.
  • Eccemas, acné, psoriasis y erupciones cutáneas.
  • Alteraciones en la alimentación: falta de apetito o ansia de comer.
  • Contracturas y/o dolores musculares.
  • Tartamudeo, temblores en manos o habla.
  • Absentismo laboral.
  • Insatisfacción.
  • Baja autoestima.
  • Palpitaciones, dificultades para respirar,..
  • Consumo de drogas y estimulantes.
  • Insomnio, aunque sea intermitente o dificultades para conciliar un sueño profundo.
  • Pérdida de cabello.
  • Colesterol elevado.
  • Problemas circulatorios y problemas cardiovasculares.
  • Trastornos menstruales: amenorreas, dolores menstruales, dificultades para la concepción o gestación.
  • Deficiente respuesta inmune frente a enfermedades virales.
  • Enfermedades autoinmunes.

Y un largo etcétera de trastornos y enfermedades que seguramente aún desconocemos pero que tienen su origen en el estrés elevado y continuado al que socialmente estamos sometidos.

Si es el caso, te recomiendo que hagas algo al respecto para que no vaya a más, por lo menos localizar los estresores y ponerles remedio. Por experiencia  puedo decir que jugar con el estrés es como jugar a la Ruleta Rusa, el límite está ahí fuera, detrás de cada esquina. Eso sí, ya nunca volverás a ser la misma personas que eras antes.